La rana a la que se le fue la olla

Hace ya unos años leí “La rana que no sabía que estaba hervida… y otras lecciones de vida”. Me había olvidado de ese libro por completo, hasta que el otro día la rana emergió de mi memoria, insinuándome que era hora de retomar su historia.

La rana que no sabía que estaba hervida

libros-223“Imaginen una cazuela llena de agua, en cuyo interior nada tranquilamente una rana. Se está calentando la cazuela a fuego lento. Al cabo de un rato el agua está tibia. A la rana, esto le parece bastante agradable, y sigue nadando.

La temperatura empieza a subir. Ahora el agua está caliente. Un poco más de lo que suele gustarle a la rana. Pero ella no se inquieta, y además el calor siempre le produce algo de fatiga y somnolencia.

Ahora el agua está caliente de verdad. A la rana empieza a parecerle desagradable. Lo malo es que se encuentra sin fuerzas, así que se limita a aguantar, a tratar de adaptarse y no hace nada más.

Así, la temperatura del agua sigue subiendo poco a poco, nunca de una manera acelerada, hasta el momento en que la rana acabe hervida y muera sin haber realizado el menor esfuerzo por salir de la cazuela.

Si la hubiéramos sumergido de golpe en una cazuela con el agua a 50 grados, de una sola zancada ella se habría puesto a salvo, saltando fuera del recipiente.”

(Libro: La rana que no sabía que estaba hervida… Y otras lecciones de vida)

De cuántos cambios hubiéramos sido más conscientes de no ser por la inercia de la progresividad.

Como reflexionaba el autor de esta fábula, Oliver Clerc, “un deterioro, si es muy lento, pasa inadvertido y la mayoría de las veces no suscita reacción, ni oposición, ni rebeldía por nuestra parte.”

Digamos que al goteo constante es más cómodo adaptarse que a un chapuzón.

¿Con qué podemos comparar a la rana hirviéndose?

  • Con la salud
    • Enero: Hoy me compro un plato preparado (un día es un día). Abril: A veces como un sandwich. Diciembre: Yo es que ceno cualquier cosa.
    • Ya no hago deporte, pero corro. Ya no salgo a correr, pero ando. Ya no vuelvo del trabajo andando, pero…
    • ¿Y el estrés? Crece y crece, pero como el de hoy es prácticamente el mismo que el de ayer, sigues adelante. Porque “bueno, es normal”…
    • Si en cinco años te muestran a tu yo de hace diez, no querrás ver que has pasado de hacer deporte a ni siquiera andar. De comer sano a malcomer. De tener por semana un día de estrés a tener por semana un día de relax. Para prevenirlo, hace falta destapar el silencioso efecto acumulativo de los pequeños malestares. Ellos alimentan la debilidad y, lo que es peor aún, tienden a apagar la vitalidad necesaria para frenarlos.
  • Con las relaciones
    • Parejas que hace tiempo que dejaron de conquistarse a diario. Desganas que se enmascararon con cansancio, rencores acumulados, silencios que no debieron serlo, la pereza de buscar soluciones, la inercia. No dejaron de quererse un fatídico día del calendario. Es más, ni siquiera es que dejaran de quererse. Tampoco se hicieron nada. (Tal vez dejaron de hacérselo). Otro cambio progresivo. Otro que, tan constante como imperceptible, continuó. Así hasta que se hizo insoportable. Y se acabó.
  • Con el trabajo
    • De la ilusión al “sin más”, del “sin más” a las quejas, del quejarte al quemarte… Nunca hubo un cambio brusco, pero de repente han pasado séis años. Y ahí estás tú. En esa olla en la que el termómetro apunta cada vez más alto.

Podríamos desglosar más ejemplos, pero cada uno sabe en qué aspecto de su vida la cazuela podría estar calentándose más de la cuenta. La única manera de esquivar el punto de ebullición es preguntarnos: Y a mí, ¿dónde se me está yendo (de calor) la olla?

¿Y siempre sube la temperatura? ¿Nunca cambiamos a mejor?

Aunque el autor se centra en los cambios que van a peor, yo diría que de aquellos que nos mejoran progresivamente tampoco somos siempre conscientes. Compara eso que (en tu trabajo, en tu personalidad, en tu afición) hiciste hace unos años con lo que eres capaz de lograr hoy. ¿Nos detenemos a medir cuánto hemos mejorado? Y en nuestras relaciones personales ¿existe algo que hemos corregido? Si fue progresivamente quizás no lo percibimos. Pero también está ahí. Y tampoco está de más darnos esa palmadita en la espalda que merecemos de nosotros mismos y que no siempre nos permitimos dar.

Y ahora sí, volviendo al enfoque preventivo del autor, aplaudo su reflexión.

Si aumenta la temperatura del agua, no sigamos NADAndo.

Que en la olla se está muy agustito… Y no nos vayamos a quemar.

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5 comentarios en “La rana a la que se le fue la olla

  1. Pingback: La triste historia de la rana en la olla   | Never in Wasteland

  2. Sí a todo, a veces no te das cuenta del aumento de la temperatura, simplemente te vas calentando… Pero es tan difícil decidirse a saltar de la olla… Y encima te llamarán loco tus compañeras ranas…

    Pero 2 puntos:
    .Es dificilísimo saber si el agua está más fría o caliente que al principio…
    .Las cosas que nos molestan no nos cuesta tenerlas presentes, pero las que nos agradan pasan rápido a segundo plano.

    El que tenga claro que hace calor que se anime y salte, pero que no sea por esas “malas ranas cizañeras” que se dedican a hacer creer a las demás que hace más calor del que hace

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    • Buenos días, Gómez.
      Buena reflexión (bueno, ¡reflexiones!).
      Me quedo con esto: “Es dificilísimo saber si el agua está más fría o caliente que al principio…”. Tienes razón, incluso fijándote puede que llegue un punto en el que ya no distingues si es que el agua está más caliente que ayer o si es que tú hoy te has levantado más sensible a las altas temperaturas…
      En todo caso, pensar que algo te irrita, aunque no tengas muy claro si por circunstancias propias o ajenas, ya supondría ser consciente de que algo no va bien, que es a lo que yo creo que nos anima la fábula: a pensar para darnos cuenta y reaccionar.
      Y jajajaj sí, supongo que a veces hay que hacer esfuerzos para no dejarse llevar por las “malas ranas cizañeras” 😀
      Gracias por tu comentario. ¡Un saludo!

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  3. La reflexión es fantástica e interesante. Como dice el autor, no nos damos ni cuenta de las cosas que (nos) suceden poco a poco. Habrá que estar más atentos =).

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    • ¡Hola!
      Sí, ¿verdad? A mí también me parece que tiene toda la razón, y me encanta haber tenido de repente la inspiración de volver a leérmelo.
      Las otras fábulas no las recuerdo, así que también volveré a ellas. Lo mismo en unos días reflejo alguna otra por aquí 🙂
      Gracias por tu comentario, Raquel. ¡Y a atender a nuestros cambios! 😉

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