Yo también tengo papitis

Sí, para qué negar lo evidente.

Lo llevo escuchando desde que tengo uso de razón: “Hija,  vaya papitis que tienes”.

Pero cómo no la voy a tener…

Es publicidad, pero… la papitis es también una realidad. El primer síntoma de la mía fue el de esconderme tras sus piernas cuando mi estatura aún no alcanzaba siquiera hasta sus rodillas.

Y al diagnóstico precoz le siguieron años de perpetuo trastorno. Lanzamientos sin fin en las piscinas de los veranos; chistes malos hasta la saciedad; mil favores para remendar mil y un despistes; y, como el de esta misma mañana, una colección de sándwiches despertador.

La verdad es que nunca le busqué un tratamiento a tanta ternura: más bien asumí que la papitis no tiene cura. 

Ni la quiero encontrar: sería peor el remedio que esta dulce enfermedad.

 

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